OTROS TEXTOS




El migrante circular.
De patrias, fronteras y desarraigos


Vivo en varias casas distintas a las que no se regresar, porque pierdo las direcciones todas las noches.





1.- Punto de partida

Hoy comienzo a irme.
Dejo a mis mujeres, no por mucho tiempo. Dejo a esta ciudad que amé, y dejé de querer, como a una novia cansada, demasiado acostumbrada a las reuniones familiares, las telenovelas y los ravioles de Domingo.
No voy en busca de nada. Aliviado de equipaje, voy a la deriva con todo mi pasado, reunido en un montón de papeles sellado al frente y al dorso; pretenden definirme, decir quien fui, quien no soy. Superadas todas las convencionales despedidas, me permito por un rato disfrutar de esta precariedad, de carecer por un instante, de un lugar en el mundo, de una puerta donde usar una llave.
Una vez despejado el confort, nos quedan únicamente los libros, las músicas y un amor. A eso se reduce mi equipaje. El resto, son papeles, documentos.
Me voy al mundo viejo, al mundo cansado, al que olvida y cierra sus puertas que tan sólo hace cincuenta años abría de par en par. Si quisiera, por tierra podré llegar a la tumba de Adriano, en Tívoli afuera de Roma, y si sigo, podría ver la tumba de mi nona, Yolanda o Filomena, no me acuerdo bien. La vi una sola vez en mi vida, a mis siete años. Mi padre la dejó a sus veinte, la volvió a ver a sus cuarenta y uno, y visitó su tumba a sus sesenta y cinco.
Me voy, reconciliado con mi pasado. El dolor de ayer es una serena mirada de lejos, que perdona mis errores, mi inocencia, y deja todo en un lugar tranquilo, bello y algo triste, a la sombra de un árbol quieto en mi Uruguay lejano.
Creo que al fin, dejé de controlar, para que las olas que todo lo pueden, me lleven de isla en isla.






2.- Elogio de la búsqueda


Buscando
la primera palabra, la que desencadene el vendaval imparable
Vine aquí como Pedro Páramo
A esta Comala desconocida que tengo en el rincón contra mi ventana
A ver si de casualidad me encuentran
La naves oscuras que todo lo pueden

Buceando
apreto teclas a ciegas, sin voluntad, errando significantes
estoy nublado de mí, de vos, de tu
los idiomas crecen deformes violándome en mi pretendida pureza de inmigrante
reemigrado al mar que mojó alguna vez, los pies curtidos de mis abuelos

Andando
era necesario después de tanto tiempo, retomar estas letras viejas, escritas una madrugada de balcón porteño,  para redactar esta carta a mi mismo desde algún lado del que perdí la dirección, para ver si responde lo que me sumió en esta penumbra de reposera a las tres de la madrugada, la que me mostró el olvido, que había hecho de la soledad, del miedo...

Viviendo
vivo en varias casas distintas a las que no se regresar, porque pierdo las direcciones todas las noches.


Hay tal vez en el emigrante, y prefiero situar el origen en el lugar de partida y no de llegada -donde ya sería el inmigrante-, una ausencia o un hueco que permite el viaje. Dejando de lado las necesidades materiales básicas, los apremios angustiosos y las persecuciones políticas cuya intensidad puede llegar a extremos indecibles por épocas, hay una predisposición positiva a la búsqueda, no presente en todas las personas.

Esa búsqueda, como Pedro Páramo busca a su padre en Comala, nos mueve hacia lo extranjero aunque tengamos algún dato mas o menos cierto, un dato que falseamos en mayor o menor medida, que permite un efecto de atracción que valora lo desconocido sobre lo ya disponible, y prefiere el riesgo de la decepción a la certeza de la quietud moribunda.

No hay emigraciones masivas voluntarias; siempre están condicionadas en mayor o menor medida en el lugar de origen. Los antiguos emigraron a todo el arco mediterráneo, igual que los judíos en su diáspora. Intuyo que es algo intrínseco al ser humano. Otras inmigraciones nos preceden y muchas mas nos sucederán, no todas tan libres, con o sin hambre, ilustradas o analfabetas, sin ir mas lejos la de mis padres desde Italia, hace sólo 50 años.

Tal vez distorsionado por una experiencia previa en calidad de viajero o turista, o influído por la existencia de un familiar o amigo cercano que vende ilusiones que anulen la soledad, es posible que uno experimente previo a la partida, un renacimiento interno, un reinventarse a sí mismo, redefiniendo las nuevas mentiras personales mientras dure el limbo del trayecto, hasta encontrar las nuevas verdades ineludibles.

Al emigrante le crecen bolsas repletas de interrogantes, que traen añadida casi la obligación de preguntarse quién es uno, quién era. Por qué.
Piense quien sería usted de no haber salido de la caverna, de no haber cambiado de barrio nunca, de no traicionar en un sentido literario a su bandera -si aún cree en ella-, a su familia, amigos, mujer, alguna vez en la vida.
Por las dudas, a modo de antídoto contra el optimismo de las líneas anteriores, recuerdo a Onetti, que se reía de los fanáticos, emprendedores y los ilusionados:
"cuídese de los que tienen fe, son los mas peligrosos".

No se culpe a nadie, somos perfectos dueños de lo que nunca haremos.




3.- Fronteras

Quién haya vivido cerca de un puerto o de una frontera, está impelido a dejarse llevar lejos.

Las fronteras en tanto límites, están para ser atravesados. Desde pequeño sentí la angustia de no ser el que zarpaba en el puerto, el que despega en el aeropuerto, el que cruzará la frontera para irse lejos.
Quién sabe si el primer abandono de mi infancia por parte de mi pequeña y olvidada amiga embarcada en un transatlántico (presente en mis pesadillas durante mi niñez) a principios de los tumultuosos setenta rumbo a Israel, no signó mi movilidad futura.
La frontera es un territorio mágico donde se instala quien se aventura a los bordes, y quién transita los bordes no sabe con certeza si los ha quebrado o no, de qué lado de la razón o del poder se instala.
Epica del viaje, que con el correr de los años asimilo cada vez mas a un recorrido interior, que poco tiene que ver con el viaje de los turistas.

Habrá un necesario paralelo entre la literatura y el viaje, ambos son caminos a lo desconocido, la ausencia y un vacío al que dar sentido nos mueven cada vez, en cada esquina literaria renacemos y cada viaje mata para dar paso al nuevo viajero, distinto a la persona que emprendió el recorrido.








4.- Patrias e identidades


Las identidades viven modificándose, no reposan nunca, la mía menos, soy el más apócrifo de los uruguayos sin mate, el italiano mas humilde y silencioso, el argentino jamás denostado, y ahora, un improbable catalán sufriendo los resabios de la España rancia.
Judío del tiempo, Ulises desterrado, volveré tal vez, insatisfecho como siempre, cuando ya no quede nada, cuando nada sea igual a la trampa de mi memoria.
A mi, que tengo estas cuestiones poco claras, las patrias y sus banderitas cuan símbolos religiosos, me producen cada vez mas rechazo; mas allá de algún código de pertenencia bastante mas pedestre y menos castrense, lo único que me trae el reposo, es empezar a aceptar la certeza a veces dolorosa de quien no tiene patria en el sentido habitual, y ya no quiere ni puede tenerla. Dijo Neruda: patria, palabra triste, como termómetro o ascensor.
Mi condición de ciudadano apátrida se ve reafirmada, a veces a mi pesar, en un puñado de piezas faltantes acrecentado al dejar la Argentina, pero ya originario de Uruguay y quién sabe, de un par de pueblos pobres de Italia.
Para alguien con veladas intenciones poéticas, las referencias son inevitables. Tomo del libro Ser escritor de A. Castillo la afirmación de que Hölderlin decía que la patria de un escritor es su lengua, así como Rilke aconsejaba al joven poeta que cuando creyera no poder escribir más, volviese a su infancia. Continúa A. Castillo, "Las dos patrias de un escritor son eso: su idioma y su infancia. Las dos están ligadas al lugar en donde has vivido, a su gente, a sus árboles, a su cielo."
Montevideo, mi lugar de origen y el de mi infancia, es un lugar lento propicio para los grises. Es la primera mano que tiende. Después, pero para eso hay que estar viviendo allí, se pueden descubrir las caras del sol, de los paseos por la rambla paralela al mar, o mismo esos paseos de las tardes por los barrios del Centro, Cordón, Palermo, Sur, la Ciudad Vieja, el Prado, Paso Molino, Buceo, en fin. Inevitablemente pertenezco a determinados metros cuadrados de esa ciudad, de una forma tan estricta y rotunda como el tempo del candombe. Creo también, que esas sensaciones en conjunto, son mi única patria hasta el epitafio.
Esa ciudad, a la que nunca regresaré definitivamente a vivir porque cada vez que vuelvo detesto sus tics, su provincianismo y su andar aletargado, es mi caracol carcasa, protector de mis años niños; mis primeros amores y mis desengaños mas tempranos viven en los revoques viejos de esas calles semidesiertas. Súmese que estos lugares abandonados, congelados en la memoria, siguen viviendo, para bien o para mal, entonces uno se viene, se trae las músicas que su oído recogió durante años en silencio, y al volver a escucharlas, la partitura fue modificada.
Quién cruza una frontera, deja detrás un territorio falsamente detenido, con personajes congelados que al volver, traicionan nuestra memoria inventándose hijos, accidentes, amores, desengaños. Ese desfasaje temporal es casi irrecuperable, y aterra a muchos, una vez instalados, al notar que la historia original no se detiene, aunque el "protagonista" haya huído; ya es tarde para ser tenido en cuenta. En estos casos, buscan con desespero vínculos que restituyan una identidad quebrada. Ignoran su condición de extranjeros para siempre. Ni el regreso podrá quitarles el título, ya que un eficaz veneno que les roba el tiempo, el de estar siempre en el lugar equivocado, los sume en la añoranza permanente del último lugar perdido. Irán y volverán errantes sin encontrar reposo nunca.
La condición de extranjero, en algún modo parangonable a la capacidad de sorpresa de un niño, solo es bella si se sabe apreciar la posibilidad del flaneur de W. Benjamin, del cronista lúcido que mira los hechos mínimos con cierta distancia, si su óptica descompone la luz en colores diferentes y encuentra que la belleza vive en la diferencia.
Siempre creí que las etapas en la vida de cada persona se yuxtaponen. Uno siempre es el mismo en y con sus contradicciones, el mismo block de hojas, sobre el que se reescribe permanentemente su historia, y como un cuento de juglar, va cambiando mínimos detalles en cada cantar. Desfasajes, fragmentos, apariciones de personajes idos, repeticiones, etc, forman parte de ese collage que somos.
Tenemos la tendencia a describir nuestras vidas de una forma lineal, como una secuencia ordenada de una cadena de montaje donde todo empieza en el sitio que otra cosa termina. Las cosas de las gentes no son así.
Me gusta imaginar esto de nacer de nuevo. Mis defectos, mis prejuicios, lamentablemente vienen conmigo. Si me escapé de algo, no lo sé, si soy feliz aquí, lo saben más los otros que yo.


5.- Migraciones y lenguajes

Pocas certezas lleva el emigrante en su equipaje. Citaba antes a A. Castillo: "Las dos patrias de un escritor son eso: su idioma y su infancia. Las dos están ligadas al lugar en donde has vivido, a su gente, a sus árboles, a su cielo."
Tal vez el migrante se mueva al principio en dos direcciones aparentemente opuestas: si bien lo primero que intenta es comunicarse con el otro, el diferente, comunicarle su experiencia, lo segundo es mantener su habla a salvo, su único y seguro territorio, para lo cual necesita un interlocutor linguístico de su lugar de origen, un igual, lo antes posible. La lengua nos seguirá uniendo, es nuestra única patria a salvo de bombardeos.
La duda me asaltaba recién llegados, acerca de como me comunicaría con mi hija en dos o tres años, ahora que ya es una catalana parlante y ha agregado un "tu" castizo, que con mi pareja no hablaremos porque somos, estamos constituidos por el habla y el "vos" del Río de la Plata. Habla que por otra parte ya verificamos en permanente movimiento, mientras la nuestra queda detenida en la fecha de salida que indica nuestro pasaporte, un poco como le pasaba a Cortázar con su porteño de París. Sin embargo pienso en mis padres, que no hablaron italiano entre ellos -tal vez porque sólo conocían sus respectivos dialectos-, hablaron el lenguaje de sus hijos. Cual es mi patria entonces, la de mis padres, la de mis hijos? Mi árbol de la sombra buena, en algún parque olvidado de Montevideo? Mi lengua, o la camiseta celeste de la selección?
Al cambiar de país, se altera la visión de mundo, y si se cambia también de idioma, cruzamos doblemente una frontera, puesto que agregamos al problema del cambio de idioma, -piénsese en las decenas de nombres que adopta el color blanco para los esquimales- el problema intrínseco del lenguaje: su imperfección y ambivalencia, y en esto habita la belleza del entendimiento, y su dualidad para incluír y excluir.  Una sutura, un sentido que aunque no dicho, debe ser puesto entre el que habla y el que escucha. Mi semiótico amigo Oscar Amaya lo explica mejor:
Lo inefable se encuentra más allá de las férreas fronteras de la palabra. Es que el lenguaje –sabemos- acarrea necesariamente impurezas y fragmentaciones, es posibilidad y al mismo tiempo límite: sintaxis. Sin embargo posee una fuerza cautivadora, no podemos salirnos de él, nos arrebata y nos habita irremediablemente. Somos criaturas gramaticales.

El silencio es un ademán, un gesto, que evita el habla, la escritura. No encierra, sino devela. La palabra rasga, hiere aquello que nace de las profundidades del espíritu. Por más esfuerzo que hagamos, caemos en la traducción, que es alejamiento: una galería de espejos deformantes.
Hablar es estar en el mundo de la razón. Callar es habitar el mundo de la transrazón. En realidad ignoramos el nombre de ese mundo, pues es probable que en ese mundo no exista nominación alguna.

Querer el lenguaje para transmitir aquello que no tiene ciframiento lingüístico, hace que las mismas palabras nos vuelvan la espalda, y se escabullan de nuestra sensibilidad. Cuando hablamos de nuestro profundo sentir, caemos frecuentemente en una jerga. Nos convertimos en chapuceros linguísticos que buscamos palabras como objetos en un almacén de antiguedades, hablamos como torpes nadadores de agua dulce, de un territorio compuesto por mares de sangre. Pretendemos ser expertos catadores de palabras destiladas, que se constituyan en fiel reflejo de nuestros pesares y sentires. Pero los vientos del espíritu no reconocen enólogo alguno, estos vientos no pueden ser embotellados y añejados. Caemos en un entendimiento ilusorio, falsamente reconfortante, ya que el lenguaje es un artefacto que puede producir belleza, mas no la diáfana transparencia, o la ominosa oscuridad de otros mundos no linguísticos.
En otra carta me pregunta:
Me pregunto qué te pasa con los nuevos lenguajes que te acechan, esperándote, codiciosos, queriéndote habitar y que ya comenzaron a asaltarte, ansiosos, gozantes de inmiscuirse en tu lengua rioplatense ya adulta, construída con la edad producto de tu niñez montevideana, tu adolescencia exiliada y la adultez que supe presenciar.
Tus nuevos lenguajes barceloneses, catalanes, deseosos de sacarle las marcas constitutivas al tuyo (¿qué es tuyo, hoy?), lenguajes obscenos, sacrílegos, que osan manosearte cadencias y tonalidades, pausas y ritmos, que ríen al embarazarte de palabras, al eyacularte gramática, llenándote la boca y la mente. Lenguajes sabedores de su triunfo, con el tiempo a su favor, sabedores de que están estableciendo una cabeza de playa para seguir su expansión por tu laringe, dispuestos a tomarte por asalto en las noches, cuando no recuerdes al que dejaste en esta ciudad, tan autónoma ella.
Lenguas lascivas, putas, sabedoras de su encanto, con el poder de subyugarte y hacerte sucumbir, lenguas lamedoras de tu lengua, que te maman y te dicen bajezas extrañas, calentonas e ignotas, que se presentan como dueñas de casa, que cojen tu rioplatense, pero altivas gritan que te follan.
Lengua, la que te llevaste, que se desvanece, que se despide con pasmosa lentitud, lenguas, las que encontraste, que se despiertan, en otra orilla, lengua ebanista que te manosea la tráquea, que te inserta otredad: oxígeno, luz, resplandor. Raro vivir, raro balbucear, que hace que mires a tu interior, como consultando a la persona que alguna vez supiste haber sido.
¿Serán esas, las palabras triunfantes, espadas que empuñes con orgullo? ¿Serán esas, de otro verbo, ajeno, una forma de cautiverio? ¿Serás un rehén lingüístico de cerillas y mecheros, de melocotones y gafas, de gabardinas y pollas, cuyo rescate sea gritarte "¡vos! ¡agarrá! ¡boludo! ¡fósforo!?
Vos, che, que deseaste otra condición y otra geografía, como una vez deseaste otro nombre -y todo eso obtuviste- ¿trocaste tu singularidad por otra, te apropiaste de otra sin entregar la tuya y ahora sos plural? Pertenecer a ese mundo, integrarse a él y sin embargo ser distinto, diferente, ser monolingüe, ser bilingüe, ser plurilingüe, ser deslenguado.
Te conocí escribiendo, te leí en tus escrituras, y no supe entonces, que al escribir ya hablabas otra lengua, ya eras un exiliado, fuera de la comunidad hablante, fuera de la lengua común, ya hacía un uso asocial de la lengua, disidente (otro dicente), situado en una frontera. Ya te estabas yendo, como ya te habías ido antes. ¿Cómo no supe que te ibas a ir otra vez? ¿Cómo no supe entonces que eras y sos un extranjero, que te estaba viendo pasar, trasladarte en vida, que no era un deseo personal tuyo, sino una confirmación, que supiste alguna vez -aunque no te lo hayas dicho o aunque fuera en voz baja- que siempre habías sido un extranjero, que tu única patria quizás sea tu escritura, una lengua de metáforas e incertezas.
Así, incursionar por tu vida es incursionar por el mundo. Así, tu vida te incumbe, así comenzó a incumbirme tu vida, la vida de tu mujer y luego, la vida de tu hija.
Así, cruzamos nuestro argot portuario y nuestros estilos literarios, así nos leímos y desleímos, nos dijimos y nos desdijimos con voces públicas y secretas.
Hoy, el recuerdo es una lengua mal hablada por los dos, mal lugar de residencia. Es que podemos quitarnos un país de encima, pero no podemos quitarnos la lengua de encima, ese aliento en la nuca, esa poética empecinada en recorrernos cuando nos distraemos (¿por qué este plural?)
Estas cosas me pregunto, queriendo saberte, queriendo atrapar tu dimensión más próxima, desde acá, tan a lo lejos.
Las preguntas mas fuertes, aún están sin respuesta, o algún amanuense ignorado está intentando responderlas por mí.
Al idioma hay que inseminarlo, como lo fue ese castellano casi neutro del Rio de la Plata decimonónico, hasta que llegaron los gallegos, los napolitanos, los polacos. Mientras los chicos se tocan en la habitación de al lado, los papás no se dan cuenta, y de a poco, de a polvo, se construye lenguaje, nacen mundos.
Una vez supe conquistar el lenguaje porteño, la calle Corrientes, la noche orillera del taxi aurinegro que conduje en las madrugadas por el bajo Flores; fuí interpelado por el ladrón y su navaja, conocí el ser gregario de la cancha y sus cánticos fanáticos, Liniers y el Oeste, el choripán recalentado de Retiro, la amarga borrasca de la Costanera, el oleoso pasaje por la Isla Maciel, una vuelta de Rocha oscura y difícil, San Telmo amable y duro al mismo tiempo, Palermo borgeano de tradiciones cuchilleras ya olvidadas, devenidas en snobs. Fuí y soy nocturno. Extranjero hijo de extranjeros, siempre estaré anclado y de paso hasta que deje de estarlo, uniendo puertos, Montevideo, Buenos Aires, Barcelona.
Somos navegantes de lo oscuro, inventándonos la Luna cada noche.



6.- Arraigos y desarraigos


En este viaje oscuro, hay fanáticos de la identidad y defensores de la condición de desarraigado. Para ambas hay justificaciones más o menos válidas, y en ambas, se reflejan nuestras carencias.

De G. Lynch "...El desarraigado es aquél que no tiene raíces, y es asociado con frecuencia con temperamentos veleidosos y fútiles, con la inconstancia en los gustos y con la errancia de los pueblos como los judíos, comunidad que reúne en sí y en su transhumancia irredenta, todo lo que tiene de repugnante y fascinante al mismo tiempo, según apunta un tal Von Rezzori en sus "Memorias de un antisemita..."
No era muy simpático el tal Von.

"...el exilio no duele por efecto de la brutal desterritorialización, o por la desaparición de toda referencia familiar. Tampoco es especialmente duro porque se pierda la relación con los seres queridos. Se puede vivir en el exilio y nunca experimentar nostalgia alguna... ".
Mi padre desde sus veinte años en que partió de Italia vió dos veces a su madre. Cabe aclarar que no es una persona, aún llamándose Orestes, que vaya arrastrando un dolor desarraigado de tragedia griega.

Si trato de comprender en mi plano imaginario las líneas trazadas por mis movimientos y los que me preceden, veo la elipse que va y viene desde el Mar Mediterráneo al Río de la Plata. Los paseos dados junto a mi padre por su pueblo natal, son el cierre de  esa elipse imaginaria que da paso a sus 70, a iniciar una despedida lenta, que no se cuándo ni cómo ocurrirá. Intento prepararme para estas cosas, aunque suene absurdo, que a doce mil kilómetros lo dejan a uno mal parado cuando ocurren, donde la brutal ausencia dejará vacio de sentido a mi universo.
"...Cuando abandonas tu medio y sales al destierro asumes este estado de precariedad esencial....Puedes aprender una lengua extraña o unos giros idiomáticos nuevos, puedes llegar a tener una vida estable y respetada, mujer, marido e hijos, y una hueste de amigos (y enemigos) locales. Pero ya no te sientes seguro, porque no es una coordenada espacial o personal lo que se rompe en el exilio, sino que de pronto se produce una cesura en el tiempo...."

Como en la barca errante de Ulises mañero buscando regresar a su Itaca, me detuve cerca de Tarraco, donde siglos después, Adriano descansaba de la ciudad eterna. A mi modo, soy el pasajero de mi mismo, nunca viajo gratis, mis escalas son para siempre y sin embargo siempre me estoy yendo.

"...Consecuentemente no faltan filosofías que rescatan para sí este desarraigo voluntario como una especie de liberación. Deleuze y Guattari seducían y todavía seducen con su modelo de un pensamiento desterritorializado, es decir desarraigado, un discurso sin reglas o principios que atraviesa el horizonte de los saberes trazando sus propias cartografías...."

"...Por otro lado, en las antípodas, también hay quienes defienden el modelo exactamente opuesto, es decir, se reivindican de una sangre y un suelo (Blot und Boden) pensamientos celosos de una tradición imaginaria y contundente, ancestral, y estrechamente fundidos con un paisaje...."

"...La ciudad es desde esta perspectiva campesina y provinciana, la patria imposible de los desarraigados. En la ciudad anónima y artificial, el espíritu se extravía mientras vaga por las travesías urbanas, como hacía Walter Benjamin -emulando a Baudelaire- perdiéndose para reencontrarse a sí mismo por las calles de París...en un mundo convertido en megalópolis, quien tiene raíces, en verdad?..."

Superar el trauma que implica la resistencia de la comunidad de acogida, intentando la integración (fallida) mediante la asimilación a su grupo de afinidad también inmigrante, adoptando sus clichés, sus atuendos y sus características de origen desemboca en un ghetto, camino de ida a la autoexclusión social.

El otro extremo es abrirse paso a la nueva comunidad de acogida, con la fe del converso. Esto supone la adopción a rabiar de las consignas identitarias mas nacionalistas, olvidando y renegando de su pasado, del cual deja de haber referencias, sorprendiendo incluso a los receptores mas furiosos. Hay por tanto una necesidad de reemplazar los vínculos de forma rápida e irreflexiva que termina siendo una mueca de la consigna misma.

En ninguna de las dos posiciones, hay solución al dilema del desarraigo.

Por tanto "...¿Qué es mas enaltecedor para el destino de un individuo?¿La raigambre imaginaria en una tradición nacional, local o espiritual, o la extraterritorialidad que habla muchas lenguas o simplemente no sabe que lengua habla?..."

"...El desarraigo no es la ausencia de una referencia radical, el poso o carencia que queda tras las migraciones o tras la muerte de las tradiciones por obra de la técnica. El desarraigo no tiene que ver con el lugar, el espacio o el escenario de la vida propia que hace siglos que devino mundo sin márgenes ni confines. El desarraigo se parece al spleen baudelaireano y, como él, tiene que ver con el tiempo...."

"...Lo que hace al buen burgués un hombre satisfecho es su modo especial de vivir el transcurrir del tiempo y que se resume en un presente interminable.... El burgués es dueño de su tiempo. El hombre suburbial, el expulsado de la tierra, el que no tiene raíces en cambio, está atrapado en su tiempo propio, que sólo consigue ver como la espera de su propia muerte...."

Será entonces que la clave del desarraigado, pasa por la posesión o no de su tiempo, condición burguesa por excelencia. Quién no haya emigrado, no conocerá nunca la sutura que bifurca la temporalidad y la sitúa permanentemente en dos regiones diferentes.

¿Seremos viajeros bifrontes con el Sol en proa y la Luna en popa, de forma perpetua?

No hay conclusión posible a este asunto o hay varias como sujetos de esta temporalidad detenida hayan.


7.-De Turistas a Inmigrantes


Hay una clara mutación palpable en la mirada del otro que recibe, si se da el caso de haber estado antes en el lugar de llegada pero en calidad de turista o viajero.

Hasta el momento, no encuentro el ojo feroz borgeano que explique y resuma en un instante, todas y cada una de las nuevas sensaciones incorporadas en las primeras veinticuatro horas de mi llegada.
Cada mutación que generamos en nuestra persona, requiere un tiempo de adaptación por parte del otro. Desde el que recibe, el extranjero es el desconocido - y lo desconocido produce temor- portador de extrañas costumbres. "El infierno es la mirada de los otros". J.P. Sartre.

Si este texto está basado en las sensaciones y reflexiones de quién llega, alguien tendrá que escribirlo desde la mirada de quién recibe y tal vez de quién queda. Pero la frase de Sartre ilustra suficientemente una de las reacciones mas frecuentes hacia el inmigrante. Lo desconocido genera prejuicios y miedo, y en Europa, una zona con historia emisora reciente, la conversión a la condición de receptor llevará un tiempo, y tal vez no se resuelva.

8.- Inmigrantes, viajeros y turistas


Nos quedan sólo los extremos, el inmigrante y el turista. Ya no hay viajeros.

En un mundo donde la mayoría de los inmigrantes se mueve por razones económicas o hambre, puede parecer un despropósito hablar de turistas. Pero existen.
En la añoranza de los viajes a sitios remotos sin demasiada preparación, con mas ganas que información, sin tours precontratados, está la diferencia entre el viajero y el turista.
El turista consume, el único producto de su viaje son las fotografías, testimonio indispensable de que el viaje tuvo lugar y algún souvenir, ya que es impensable hacer turismo sin hacer shopping. Va y vuelve sin haber sido modificado. No hay un viaje paralelo en el interior del turista. Está arropado en su confort y en su excursión mas o menos ajetreada a los extramuros, no arriesga nada, porque todo lo visto es sintetizado sin que medie análisis alguno, por oposición o semejanza a su imagen, a su cosmos habitual, sin intercambiar casi nada, salvo souvenires, con los habitantes del lugar visitado.
No suele transitar los bordes: está, a diferencia de la viajera secuestrada en Marruecos por un apasionado lugareño en el film de Bertolucci basado en la novela de Paul Bowles, The Shelltering Sky, siempre lejos de ellos.
Los viajeros fueron extinguiéndose entre la desmesura devoradora de los turistas de tiempo completo, fruto tal vez de dos causas concurrentes, ambas producto de la revolución industrial: el aburrimiento, fenómeno urbano que W. Benjamin sitúa entre la década de 1840 y los años treinta del S XX y las conquistas sociales. Súmese la globalización y los vuelos baratos: las vacaciones para casi todos, al menos en el mundo occidental desarrollado del 10%, son una realidad, en contraposición a la curiosidad, el placer y la calma.
Año tras año, los turistas depredamos absurdos centros de peregrinación.
Lo que debería ser un momento de tranquilidad, reflexión y tal vez introspección, contrapuestas a las rutinas extenuantes y productivas del trabajo, termina siendo una carrera contrarreloj de lugares visitados hasta el último minuto. Charter, transfer, check in, boarding pass, estas palabras mágicas nos llevarán lejos de casa.
Hay turismo sexual, turismo aventura, rural, cultural, de compras, hay rafting, mountain, trekking, hay sandboard, surf, wind, muchos board y varios sky que nos pretenden mas jóvenes y atléticos. Existirá el turismo reflexivo?
Tal vez éste sea otro de los puntos divergentes ente el turista y el viajero. El turista es gregario, y cada vez más, es sinónimo de acción. Las multitudes no suelen ser reflexivas. El tiempo se pierde decidiendo hacia donde ir. De un sitio a otro.

El viajero rehuye las multitudes y tiene otra relación con el tiempo, menos apremiante. Es todo suyo y cada desplazamiento es físico y temporal. Sus silencios lo modifican y lo reescriben en cada viaje.

9.- Epílogo: Las tres ciudades a orillas del agua


El primer golpe violento del emigrante ocurre al primer regreso al lugar abandonado. Comenzará un monólogo interior que pregunta incesantemente, que responde como puede al río de interrogantes que le devuelven los cafés tomados en soledad, los recorridos donde antes era un caminante apurado y ahora ya no hay prisa, las esquinas que una vez fueron su presente contínuo, sus domicilios que ya no reciben cartas y tienen intrusos, extranjeros ellos, de sus paredes y balcones que una vez le fueron propios, donde nadie hubiera imaginado su ausencia de una forma tan rotunda como para intentar olvidarlo con rencor y desprecio.

Sólo quién logre atravesar este primer y cruel autointerrogatorio que a continuación les dejo, podrá continuar viaje.

Aislado, seco de metáforas buceo, nadador consagrado de la nada buscando el aire que no abunda, sintiendo el cosquilleo sutil de las letras casi ajenas sobre mi papel, retazo de evaluaciones bancarias, inserción ordinaria a la normalidad.

Comienzo tarde a hacer el racconto más oscuro de mi primer regreso a la novia que abandoné a orillas de un rio lento

Mis amigos son lo que eran, amigos.
Las esquinas largas de mi vida son decorados grises de mis memorias
El torbellino de pensamientos “…La memoria y el olvido vienen del mismo sitio…” la simultánea sensación de propietario apócrifo pero indiscutido, de visitante ignoto de esas calles casi sin adoquines venden cara mi redención.

Vivo a caballo sobre el mar que todo lo une, 3 puertos, 3 nombres amados a destiempo, polígamo soy en un número atendible, dos en la noche, la otra en el día.

Una vez, hasta mis quince, tuve una novia con playas, bahía y cerro y me dejó, antes de que pudiera decirle te quiero o hacerle el amor, que era casi lo mismo. Fue la primera, y yo no sabía de amantes. Mucho después, de amante con la ciudad del río, fui el observador que miraba el mar del sur sin tiempo, tratando de entenderlo. Cuando entendí al mar dejé a mi novia del río, o ella prefirió, conociendo mi condición de enamoradizo, dejarme ir.
Hoy, que ya no la quiero, que tiene otros novios, y yo una nueva novia con puerto y playas, empiezo a acomodar las fotos y se me ocurre que era previsible, que violencia es creer que es posible cuidar y superponer, como si fuera natural aceptar y envejecer, los baúles de recuerdos de cada esquina sin que se caigan. Así, soy un prisionero del tiempo que no poseo.
Nocturno luchador contra las agujas de un reloj que marca mi destiempo, me convertí en un memorioso y para un memorioso como yo, cada ciudad es una trampa amorosa.











LISTA ARBITRARIA DE RECOMENDABLES

  • Los detectives salvajes - Roberto Bolaño
  • A la busca del tiempo perdido - Marcel Proust
  • El astillero - Juan Carlos Onetti
  • Crisantiempo - Haroldo de Campos
  • El aleph - J.L. Borges
  • El corazón de las tinieblas - Josef Conrad
  • 2666 - Roberto Bolaño
  • Conversaciones en la catedral - J. Vargas Llosa
  • Historia de mi vida - Giacomo Casanova
  • Ficciones - J.L. Borges
  • La vida breve - J.. Onetti
  • El jugador - F. Dostoievski
  • Gotán - J. Gelman
  • La montaña mágica - Thomas Mann
  • Odisea - Homero
  • Pedro Páramo - Juan Rulfo
  • Invierno en Lisboa - A. Muñoz Molina
  • Barcelona amor final - Joan Margarit
  • La Eneida - Virgilio
  • Los poemas de Sydney West - J. Gelman
  • Memorias de Adriano - Marguerite Yourcenar
  • La mar de dins - Pere Rovira
  • Rayuela - J.Cortázar
  • Salvo el crepúsculo - J. Cortázar
  • Tres golpes de timbal - Daniel Moyano

Alabanza de los trenes verdaderos


Hay muchos trenes falsos.
Es fácil

confundirlos con los trenes auténticos.
Casi todos
los llaman también trenes:
los revisores
los ferroviarios
los carteristas
los viajeros casi sin excepción
y hasta yo mismo
cuando no quiero dar muchas explicaciones.

Trenes sólo son los que parten de noche.
Trenes sólo son los que llevan a ti.


JORGE RIECHMANN

PARA CELEBRARLA - ADONIS POETA SIRIO

Cuerpo: la morada más bella de la imaginación



Placer: resurrección del cuerpo



Sus lágrimas: arroyo en el que nada la voluptuosidad



Mi mirada se pierde en las regiones de su cuerpo



El cuerpo de la amante es el más vasto de los mares Entre el agua y el fuego no hay un diálogo



Su abrazo los conduce a la disolución



El rostro se le enciende si me ve



Soy su fuego interior



Corazón del amante, entre sus labios



Corazón de la amante, bajo su ombligo



No: en la rosa sólo puede ver un cuerpo de mujer



Por qué no me abandona tu recuerdo



Se levanta en su cuerpo



Duerme en su cuerpo para ella



La línea recta es un círculo en el amor



Para una mujer un hombre es un libro que no puede leer sino con todo el cuerpo



No hay vestido más bello que un perfume para una mujer En el éxtasis del sexo son iguales el hombre y la mujer Cada uno se siente creado de la costilla del otro



No entrarás en la noche del cuerpo sin entregarte al sol de la locura



Para el cuerpo el presente es la forma del tiempo Hace falta humildad, oh lengua: nada puede escribir al cuerpo sino el cuerpo



El perfume de la mujer pone en el aire un lecho, un falo



En la estepa es el mar el hombre más deseado



En el mar es la estepa la mujer más deseada Ah, esos amantes que nunca se conocen



La estrella del amante, entre sus brazos



El astro de la amante, entre sus muslos



Sueña sueña dice la rosa ajada



Traducción de Aurelio Asiain de la traducción francesa de Anne Wade Minkowski y el autor.

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